miércoles, 29 de marzo de 2017

EFECTOS DE LA HIPERINFLACIÓN (VIII): BOLIVIA

Al igual que muchos otros países de Iberoamérica durante la década de 1980, Bolivia reunía gran parte de las condiciones necesarias para que su inflación acabara fuera de control. Su modelo de crecimiento durante las décadas previas, basado en gran medida en una constante intervención estatal y el incremento de su deuda externa para financiar esta intervención, demostró ser insostenible. Pese a tratarse de un país dotado de importantes recursos mineros y agrícolas, tradicionalmente ha soportado grandes bolsas de pobreza (sobre todo entre campesinos indígenas)  lo que, unido a su constante inestabilidad política, no ha ayudado precisamente a impulsar un verdadero desarrollo socio-económico.


En 1982, el año en que oficialmente dio comienzo la crisis de la deuda en Iberoamérica cuando Méjico reconoció su incapacidad de hacer frente a sus pagos, una frágil democracia volvió a Bolivia tras años de golpes de estado y dictaduras de distinto signo. Si consolidar la democracia en aquel momento ya representaba un gran reto de por sí, estabilizar la situación económica demostraría ser aún más complicado. El presidente Siles Zuazo tenía poco margen de maniobra atrapado entre una amenaza permanente (y bastante real) de golpe militar y las altas expectativas de sindicatos y grupos opositores a la dictadura, en un país tradicionalmente acostumbrado a la intervención estatal en la economía.

Precisamente, las medidas económicas del nuevo gobierno iban encaminadas a continuar con este intervencionismo. De hecho, el gasto fiscal aumentó de forma desmedida sin que ello fuera contrarrestado con un incremento de ingresos acorde, que apenas servían para cubrir un 15 % de esos gastos. Durante estos años se tomaron todo tipo de medidas expansivas para paliar los efectos de una inflación que empezaba a ser preocupante: incrementos generales de sueldos (incluyendo una subida del salario mínimo del 30 %), indexación salarial y congelación de precios. Asimismo, se aumentó el número de empleados públicos y del gasto en personal de empresas públicas como YPFB (petrolera) y COMIBOL (mineria), un hecho que contribuyó a incrementar considerablemente el déficit de las compañías que aportaban más ingresos al estado.


Las medidas relativas a la política cambiaria, destinadas en principio a desdolarizar la economía y aumentar la disponibilidad de divisas, resultaron contraproducentes. Se estableció un rígido control de cambios mediante una paridad fija para el peso boliviano y se convirtieron a la moneda nacional todos los contratos previamente existentes en dólares. Además, dentro de esta filosofía estatalizadora de la economía, todo el comercio exterior debía centralizarse en el Banco Central, lo cual resultó altamente ineficaz. Como resultado, la escasez de divisas siguió siendo patente, generándose un mercado paralelo extraoficial en el que el dólar aumentaba de valor a pasos agigantados frente al peso boliviano. El dólar, por tanto, se convirtió progresivamente en la referencia monetaria no oficial frente a una moneda nacional cada vez más devaluada. Como ya hemos visto en otros casos (Alemania, Hungría, Zimbabue) la pérdida de confianza ciudadana en la moneda nacional es la antesala de la hiperinflación.

El deterioro económico durante el bienio 1984-85 era más que evidente. Las respuestas del gobierno se limitaban a devaluar la moneda (siempre por detrás de su devaluación de facto frente al dólar en el mercado no oficial) , aumentar los precios de algunos artículos o imponer nuevas restricciones, por lo general sin efecto, mientras se reconocía la imposibilidad de hacer frente a los compromisos de deuda. El periodo comprendido entre Agosto de 1984 y Agosto de 1985, momento en que la tasa de inflación anual se situó en el 24.000 %, es considerado como el de la hiperinflación. Para colmo de males, Bolivia no hacía frente a una sola hiperinflación, sino a dos: la oficial y la paralela. Para hacernos una idea, en Diciembre de 1982 un dólar estaba fijado oficialmente en 200 pesos, mientras que en el mercado negro se cotizaba a 283. En Agosto de 1985 con un dólar se podían adquirir 75.000 pesos de forma oficial y nada menos que 1.050.000 en los mercados paralelos.  


Durante estos meses se emitió tal cantidad de papel moneda que el gobierno boliviano se vio obligado a depender de otros países para su suministro, como Argentina, Brasil o Alemania. Las transacciones en cheque o tarjeta de crédito fueron en muchos casos desechadas ya que durante el tiempo que llevaba el proceso de compensación el peso boliviano podía perder su valor de forma significativa, de hecho en los peores momentos pudo llegar a depreciarse entre un 1 y 2 % por hora. Con el fin de simplificar la contabilidad, el dinero se medía en fajos de billetes idénticos, llegando incluso a medirse la altura o el peso de la cantidad de fajos para determinar una transacción. Allen comenta en su Encyclopedia of Money que se dio el caso de catedráticos de universidad que recibían su sueldo en fajos de billetes amontonados que alcanzaban una altura de unos 50 cm., mientras que el del personal administrativo podía llegar a la mitad. 

Pero sin duda lo más llamativo de la hiperinflación boliviana fue su efecto en la sociedad. El mercado paralelo de dólares resultó como nos podemos imaginar más accesible y atractivo para muchos bolivianos, que en poco tiempo se convirtieron en especuladores monetarios. Como estaba prohibido adquirir bienes o servicios en otra moneda que no fuera el peso, los consumidores cambiaban en las calles dólares por pesos para hacer sus compras. Una vez los comerciantes recibían los pesos acudían a los cambistas callejeros lo antes posible para cambiarlos por dólares. Muchos de estos dólares, por cierto, provenían del pujante comercio ilegal de la cocaína con Estados Unidos (no olvidemos los ochenta fue la edad de oro de los young urban professionals, popularmente conocidos como yuppies)


Los billetes de 50.000 y 100.000 pesos de las imágenes corresponden justo al momento previo a la hiperinflación; las más altas denominaciones alcanzaron los 10 millones. A mediados de 1985 la pérdida de crédito de el gobierno de Siles era absoluta, lo que llevó a unas nuevas elecciones que no tuvieron un claro ganador. Finalmente, en Agosto de ese año el Congreso proclamó presidente a Paz Estenssoro, que llevó a cabo un ambicioso plan de ajuste que en la práctica era una enmienda a la totalidad de todo lo realizado anteriormente: flexibilidad en el tipo de cambio, autorización a los bancos para operar con moneda extranjera, congelación de sueldos en el sector público y liberación de los mismos en el sector privado, eliminación de restricciones al comercio exterior, subida de los precios de los productos derivados del petróleo... Dentro de la política monetaria se sustituyó el peso boliviano por su antecesor, el boliviano, con un valor de un millón de los antiguos pesos por boliviano. En la imagen del billete de 50.000 podéis apreciar un resello que indica su nuevo valor: 5 céntimos de boliviano. 
Resello de 5 c. de boliviano en billete de 50.000 bolivianos

No sería riguroso que el gobierno de Siles cargara con toda la culpa de este caos económico, pues heredó una situación de por sí muy difícil y deteriorada. Además, es comúnmente aceptado que contribuyó decisivamente a consolidar la democracia en el país. No obstante, el ejemplo boliviano es una prueba fehaciente de la importancia que tiene el rigor presupuestario y la capacidad de generar ingresos para la puesta en marcha de cualquier política económica.  



Sabino, C. El Fracaso del Intervencionismo: Apertura y Libre Mercado en América Latina Ed. Panapo, Caracas 1999 (http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/bo/Sabino-bolivia.htm)

Encyclopedia of Money, by Larry Allen, ABC-Clio Inc. Santa Barbara, California 1999

Sachs, J. The Bolivian Hyperinflation and Stabilization (http://www.earthinstitute.columbia.8edu/sitefiles/file/about/director/documents/AERBolivia87.pdf)


lunes, 13 de marzo de 2017

EL DRAM DE NAGORNO-KARABAJ

En entradas anteriores hemos tenido la oportunidad de descubrir monedas de territorios no reconocidos como estados por la comunidad internacional pero con características propias de uno: un gobierno efectivo, instituciones propias de un poder legislativo, uso del monopolio de la violencia mediante un cuerpo de policía y ejército y la capacidad de establecer una organización económica, que en algunos casos puede conllevar el uso de una moneda propia.

Situación de Nagorno Karabaj en el sur del Cáucaso y la zona ocupada en
Azerbaiyán (fuente: www.igadi.org)
Es el caso de Nagorno-Karabaj, enclave de población armenia dentro del vecino Azerbaiyán, y que ha dado lugar a un conflicto (normalmente latente pero con episodios ciertamente violentos) que dura ya casi tres décadas. El sur del Cáucaso, zona de confluencia de diferentes imperios y poblaciones y puente entre dos continentes, ha sido siempre considerado como una zona estratégica y por lo tanto escenario de tensiones y conflictos. De hecho, cuando repasamos brevemente la historia de Armenia, nos damos cuenta de que sus fronteras han sido objeto de constantes modificaciones, siempre ligadas a los vaivenes políticos de los imperios que le rodeaban. En la Antigüedad, sus casi seis siglos de independencia finalizaron una vez la parte occidental fue anexionada por los romanos en 387 d.C. y la parte oriental al Imperio Persa Sasánida en 428 d.C. A mediados del siglo VII, al igual que gran parte del mundo conocido, sufrió la invasión y posterior anexión al Califato Árabe. Las presiones recibidas para convertirse al islam provocaron una diáspora hacia zonas controladas por Bizancio dada la resistencia mostrada por los armenios, que aún hoy hacen de su fe cristiana un signo de identidad en una zona de mayoría musulmana.

Únicamente cuando el imperio árabe mostró signos de debilitamiento Armenia pudo recuperar su independencia a mediados del siglo IX a través del establecimiento de un principado. A partir de 1045 Armenia volvió a estar en el centro de las disputas entre imperios rivales al ser ocupada por los bizantinos, y posteriormente por los pueblos turco-mongoles procedentes de Asia Central:  primero los selyúcidas en 1071 y más adelante en el siglo XIII los mongoles. A partir del siglo XV Armenia se incorporó progresivamente al pujante Imperio Otomano aunque como en otras épocas de su historia su territorio se convirtió en frontera entre dos estados rivales: los otomanos y los persas safávidas. Durante siglos, Armenia no solo careció de estructuras político-administrativas autónomas sino que además su población literalmente se desperdigó por diferentes puntos del Imperio Otomano, Europa del Este y el subcontinente indio. 

Detalle de un billete de 100 rublos de 1918 con mapa de Transcaucasia
Los rusos, que durante los siglos XVII-XVIII inician una constante expansión hacia los confines de Asia, se interesaron también por el Cáucaso, al que accedieron a principios del siglo XIX tras derrotar a los turcos en 1829. La integración en un estado cristiano como la Rusia de los zares no solucionó los problemas de los armenios, pues muchos siguieron viviendo bajo la soberanía del sultán otomano. La parte oriental de Armenia se integró en el Imperio Ruso, lo que animó a muchos armenios a regresar, pero los que permanecieron en territorio otomano lo hicieron en condiciones cada vez más desfavorables y bajo una constante tensión con las autoridades turcas. La rivalidad entre el Imperio Otomano y Rusia en la Primera Guerra Mundial exacerbó el odio hacia los armenios, insistentemente acusados de trabajar para el enemigo. Entre 1915 y 1922 fueron asesinados aproximadamente millón y medio de armenios en lo que se considera el primer genocidio de la historia moderna. 

Pese a su retirada del frente a principios de 1918 y su aislamiento internacional, la nueva Unión Soviética consiguió reafirmar sus intereses en el Cáucaso después de unos años en los que el debate sobre la independencia de Armenia fue ahogado por un sangriento conflicto con una Turquía que se resistía a ver su territorio reducido. En 1920 los turcos lograron conservar la parte occidental de Armenia mientras que la parte oriental quedaba bajo dominación soviética, establecida como República Socialista Soviética hasta 1991. Esta época trajo la estabilidad y prosperidad que Armenia no había conocido desde hacía tiempo, pero dejó pendiente un problema territorial que aún hoy sigue sin resolverse: el enclave de Nagorno-Karabaj, situado en la parte oeste del vecino Azerbaiyán.

Nagorno-Karabaj, territorio de mayoría armenia (que de hecho prefiere la denominación Artsaj para esta región), fue integrado en Azerbaiyán una vez que la Unión Soviética confirmó la incorporación de la región Transcaucásica a su esfera de influencia. Rusia tenía un particular interés en esta región no solo por sus lazos históricos y culturales sino también por sus recursos naturales, especialmente el petróleo. Tras los convulsos momentos que se vivieron en la zona a principios de la década de 1920 la URSS decidió delimitar las fronteras de las repúblicas de Transcaucasia de forma muy favorable a Azerbaiyán en detrimento de Armenia, seguramente como forma de mostrar buena voluntad hacia Turquía así como de practicar la clásica política de "divide y vencerás". De esta forma, en lugar de integrar Nagorno Karabaj en Armenia (como los armenios habían esperado), se declaró este pequeño territorio de unos 11.400 Km2 (extensión similar a la provincia de Guadalajara) como región autónoma dentro de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán. 
Monedas de 1/2, 1 y 5 dram de Nagorno-Karabaj (2004)

Durante décadas, el férreo control soviético mantuvo las tensiones a raya, pero cuando este control comenzó a debilitarse, éstas inevitablemente volvieron a manifestarse. 1988 fue el año en que estalló el conflicto entre los armenios de Nagorno-Karabaj y las autoridades azeríes, que se saldó con entre 20.000 y 30.000 muertos así como con el control de facto de los armenios de este territorio y de sus alrededores hasta alcanzar la frontera con Armenia. En 1991 la República de Nagorno-Karabaj, en medio del caos producido como consecuencia de la desintegración de la URSS, se declaró independiente. En 1994 Rusia consiguió impulsar un alto el fuego que aún hoy se encuentra vigente, aunque han sido frecuentes los episodios más o menos violentos entre las partes en conflicto, el último de ellos en Abril de 2016. Pese a que Nagorno-Karabaj no es hoy día una república reconocida por ningún estado o institución internacional (ni siquiera Armenia, su mayor apoyo en la región) y oficialmente sigue considerada parte íntegra de la República de Azerbaiyán, se comporta como un estado soberano de hecho. 

Reverso común de todas las monedas
con el escudo de la República de
Nagorno-Karabaj
Dentro de las atribuciones de esta soberanía se encuentra la de adoptar su propia moneda. Hoy día la moneda principal en circulación en Nagorno Karabaj es el dram armenio (520 drams equivalen a un euro), pero sus autoridades no han dudado en emitir a partir de 2004 un dram propio cuya tasa de cambio, como nos podemos imaginar, es paritaria a la moneda armenia. Aunque es de curso legal, el dram de Nagorno Karabaj es más objeto de curiosidad por parte de los coleccionistas que una moneda de uso corriente. De hecho, están fabricadas por la Educational Coin Company (http://www2.educationalcoin.com/), uno de los mayores proveedores mundiales de material numismático y notafílico.

La emisión de 2004 que presento en las imágenes consiste en monedas de 50 luma (medio dram) y 1 dram de aluminio con diferentes animales salvajes en el anverso y un retrato al más puro estilo bizantino de San Gregorio el Iluminador, fundador y patrón de la Iglesia apostólica armenia en los siglos III-IV. Las monedas de 5 dram, de una aleación de cobre, níquel y zinc, presentan dos monumentos emblemáticos de Nagorno-Karabaj: la iglesia de Ghazanchetots y el conjunto escultórico "Somos Nuestras Montañas", que representa (de forma un tanto esquemática) un hombre y una mujer del Alto Karabaj. Moneda poco común donde las haya, tiene un precio bastante razonable, lo que hace de ella un artículo al que ningún aficionado a las curiosidades numismáticas puede renunciar. 


Fuentes: 

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