jueves, 27 de abril de 2017

DINERO DE TRANSICIÓN (LITUANIA 1991)

Los billetes de hoy, que en su simplicidad nos pueden recordar a cupones de racionamiento o dinero de emergencia emitido en periodos bélicos o pos-bélicos (en el fondo, guarda bastantes similitudes con ambas formas de pago) tienen su interés en tanto en cuento son testigos de un hecho que ha marcado (y aun marca) de forma significativa la historia reciente: el colapso de la Unión Soviética.

El Báltico: un quebradero de cabeza para la Unión
Soviética en sus últimos años
El desmoronamiento de la URSS tuvo numerosas causas de índole política y económica, que pueden resumirse en el anquilosamiento de los canales de gestión y participación (con la sombra del Partido Comunista omnipresente en todos los niveles de la administración) y en la escasa eficiencia de su modelo productivo. No obstante, la llamada cuestión nacional, es decir, las tensiones y conflictos latentes entre las diferentes nacionalidades que componían el  estado soviético, tendría un innegable impacto en la aceleración de este proceso.

El imperio de los zares había logrado constituirse en los siglos precedentes a través de un largo proceso expansionista  en el que un heterogéneo elenco de diferentes pueblos (polacos, lituanos, finlandeses, descendientes de tribus turco-mongolas, poblaciones de Asia central, y un largo etcétera) fueron sometidos, en muchos casos de forma violenta. Como consecuencia, Rusia se convirtió en un vasto imperio en términos territoriales además de un enrevesado mosaico multinacional, multicultural y multirreligioso, un puzle cuyas piezas en muchos momentos costaba encajar. La llegada al poder de los bolcheviques trajo consigo un intento de superación de estos problemas de convivencia  a través de la realización del ideario socialista, en el que las repúblicas integrantes de la Unión Soviética eran iguales en derechos y obligaciones y en teoría soberanas, es decir, que podían acceder a la independencia si así lo deseaban.

Cuando Mijail Gorbachov accedió a la secretaría general del PCUS en 1985 tenía muy claro que las reformas pendientes no se podían posponer si  la URSS tal y como era conocida quería prevalecer. Las reformas políticas evidenciaron la existencia de tendencias y movimientos ajenos al Partido Comunista, entre ellos los diferentes nacionalismos que se manifestaban muy especialmente en el Cáucaso y en las llamadas repúblicas bálticas: Estonia, Letonia y Lituania.

Como sucede muchas veces entre vecinos, la historia de la relación entre Lituania y Rusia difícilmente se puede definir como cordial. Constituida como Gran Ducado a mediados del siglo XIII, Lituania no tardó en vincular su destino al de Polonia, país con el que mantuvo una estrecha alianza de cuatro siglos durante los cuales su territorio logró su máxima extensión hacia el sur y el este y Vilna llegó a convertirse en un centro de referencia económico y cultural en Europa del Este. A partir de  1569 su poder e influencia en la zona se vieron relegados en favor de su aliado polaco y a finales del siglo XVIII su territorio (junto con el de Polonia) fue repartido por las nuevas  potencias hegemónicas de la zona: Austria, Prusia y Rusia. Rusia ocupó la mayor parte del territorio lituano,  aunque Prusia también accedió a algunas áreas en el oeste, como Memel (actual Klaipeda). Durante el siglo XIX los lituanos mantuvieron sus aspiraciones nacionalistas, fuertemente reprimidas por Rusia, pese a lo cual pudieron acceder a  la independencia en 1918 (junto con Estonia y Letonia)  tras el colapso del Imperio Ruso y la llegada de los bolcheviques al poder. Durante dos décadas disfrutaron los lituanos de esta independencia (si bien con Vilna anexionada por el nuevo estado polaco) hasta que el nefando pacto Molotov-Ribbentrop condenó a Europa del este a ser dividida en zonas de influencia entre nazis y soviéticos. A partir de ese momento Lituania se convirtió en escenario de la rivalidad entre ambas potencias, con consecuencias nefastas para su población, víctima del Holocausto (en el caso de los judíos lituanos), trabajos forzosos y alistamiento en las fuerzas alemanas. No mejoró mucho la situación cuando los soviéticos recuperaron estos territorios en 1944, pues continuó la política de asesinatos y deportaciones, esta vez por parte de una Unión Soviética que esta vez no pensaba dejar escapar lo que consideraba sus territorios del Báltico.

Billetes de 0,10, 0,20 y 0,50 talonas
La puesta en marcha de la perestroika a partir de la llegada de Gorbachov al poder pondría de manifiesto (muy a su pesar, por supuesto) las antiguas rivalidades y cuentas pendientes entre las diferentes nacionalidades integrantes de la URSS. Durante los procesos electorales celebrados a finales de la década de los 80 los diferentes “frentes populares” de las repúblicas bálticas consiguieron un respaldo popular considerable que legitimaba sus aspiraciones independentistas. La asamblea lituana declaró la independencia en Marzo de 1990 no obstante, ante las presiones económicas de la URSS, el nuevo presidente Landsbergis decidió imponer una moratoria a esta declaración para tratar de ganar tiempo ante una previsiblemente ardua negociación con Moscú. Durante este tiempo, sin embargo, la línea dura se impuso en el gobierno soviético, lo que llevó a un incremento de la tensión con intervención militar incluida en Enero de 1991. No era el Báltico el único frente abierto para Moscú, pues en las repúblicas del Cáucaso, Asia Central y Moldavia se extendían también los movimientos nacionalistas. Los intentos desesperados de Gorbachov por conseguir un nuevo  Tratado de la Unión no tuvieron eco en muchos de estos territorios que, como Lituania, directamente se desvincularon. En Septiembre de 1991 una moribunda Unión Soviética se vio obligada a reconocer la independencia de Lituania.

Fue precisamente por estas fechas cuando las autoridades lituanas, actuando de facto de forma independiente, dieron sus primeros pasos en política monetaria. En un primer momento no prescindieron del rublo pero introdujeron una moneda propia provisional, el talonas (con un valor equivalente al rublo), con el fin de atajar la inflación que castigaba las economías de la URSS. La medida era cuando menos peculiar: los trabajadores debían recibir el 20 % de su salario en la nueva moneda, hasta un máximo de 200 talonai. Por otro lado, la mayor parte de los bienes (salvo básicos como alimentos) debían adquirirse por su valor en rublos y talonai. Así, si unos zapatos costaban 50 rublos, se debían adquirir pagando los 50 rublos más 50 talonai.

Reverso común de las emisiones de 0,10, 0,20 y 0,50 talonas
Este sistema no tardó en demostrar ser enormemente impopular. Los particulares necesitaban mucho tiempo para acumular los talonai necesarios para adquirir ciertos bienes y servicios, mientras una gran cantidad de rublos quedaban inutilizados en estas condiciones. No sirvió pues ni para satisfacer la demanda ni tampoco la oferta, ya que afectó negativamente al sistema productivo y no contuvo la inflación de los bienes básicos cuyo pago no debía efectuarse en talonai, pues no se trataba de una moneda independiente sino de una moneda suplementaria ligada al rublo. Además, socialmente favorecía el mercado negro de moneda y la especulación entre la población.

Así y todo, los niveles de inflación en Lituania fueron menores que en la extinta Unión Soviética entre los años 1991-92, de tal forma que las autoridades decidieron lanzar una segunda reforma, seguramente como forma de ganar tiempo mientras establecían un sistema monetario independiente del soviético y para reemplazar los primeros talonai, muy cuestionados por el público, pues eran por lo general de mala calidad y fácilmente falsificables. Fueron apodados de varias maneras como “Vagnorkes”, en alusión al Primer Ministro Gediminas Vagnorius, o “entradas de zoo” dado que muchos reflejaban animales de la fauna típica lituana. En Mayo de 1992 se reintrodujo el talonas como moneda independiente que circularía con el rublo de forma provisional hasta que este fue abandonado definitivamente en Octubre de ese mismo año. Finalmente, la nueva moneda nacional, el litas, fue adoptada tras varios retrasos en Junio de 1993 al cambio oficial de 1 litas = 100 talonai.

Billete de 1 talonas de 1992, con fauna típica lituana
Los talonai que veis en las imágenes de arriba son los de menor denominación de 1991, de 0,10, 0,20 y 0,50. El de 1 talonas de la izquierda corresponde a la reforma de 1992. No se emitió moneda metálica, utilizándose siempre el papel. Son de gran simplicidad, muy parecidos a emisiones de emergencia o cupones, aunque los de mayor valor lucían diferentes animales autóctonos, como comento más arriba. En la primera reforma se emitieron billetes de hasta 100 talonai, añadiendo unidades de 200 y 500 talonai tras la segunda reforma de 1992. No puede decirse que estos billetes fueran despedidos con todos los honores en 1993, pues parece ser que las emisiones que no fueron intercambiadas por litas fueron destinadas al reciclaje para la producción de papel higiénico. No he podido averiguar si este hecho se debe a una simple casualidad o si se llevó a cabo de forma premeditada, pero dada la escasa popularidad con que esta moneda fue acogida en su momento, tenemos razones para sospechar lo peor.


Martín de la Guardia, R.M. y Pérez Sánchez, G.A. La Unión Soviética: de la Perestroika a la Desintegración (Colección La Historia en sus Textos) Ediciones Istmo, Madrid 1995

Historia de Lituania en Lonely Planet http://www.lonelyplanet.com/lithuania/history#ixzz4fIkyhkzW






jueves, 20 de abril de 2017

EL GROSSO VENECIANO

Es para mi un placer dedicar mi entrada número 200 a una de las monedas más representativas de la Baja Edad Media y símbolo del poder económico de la república de Venecia. Esta ciudad-estado llegó a dominar las rutas comerciales con el Levante y Asia, convirtiéndose en puente (no solo comercial, sino también político y cultural) entre el mundo musulmán y los reinos europeos. Su poderío se fraguó en un contexto de decadencia imparable del Imperio Bizantino, cada vez menos influyente y más presionado en todas sus fronteras. Únicamente los descubrimientos de españoles y portugueses a partir de finales del siglo XV y la pujanza otomana pudieron dejar fuera de lugar a esta gran potencia mediterránea.

Territorios controlados por la República de Venecia durante
los siglos XV-XVI (fuente: wikipedia)
Durante toda la Edad Media, y hasta bien entrado el siglo XIX, Italia no era más que (en palabras del canciller Metternich) "una expresión geográfica". Dividida en multitud de estados (bien fueran reinos, ducados, marquesados o repúblicas aristocráticas) durante mucho tiempo fue escenario de los conflictos entre grandes potencias que aspiraban a aumentar su esfera de influencia. No obstante, varios estados de la península italiana tuvieron la capacidad de ejercer una mayor o menor influencia por sus propios medios, especialmente a través del comercio internacional.

Unos de ellos era indiscutiblemente Venecia. Este archipiélago de cerca de 120 islas situado en el norte del mar Adriático posee una historia tan fascinante como todo el patrimonio que hoy día podemos apreciar a través de sus canales. Aunque su fundación en el siglo V no se remonta tanto como otras ciudades emblemáticas, la escasa evidencia documental de la época hace que este acontecimiento tenga tintes legendarios. Parece claro, eso sí, que fue fundada por los habitantes de los alrededores que escapaban de las invasiones hunas primero y lombardas después. No tardó en entrar en la órbita bizantina, dado que el Imperio de Oriente, claro dominador de la península italiana durante siglos, quiso aprovechar su posición estratégica en las rutas comerciales entre oriente y occidente así como su potencial como puerto en el Adriático. Estas ventajas, por supuesto, fueron percibidas también por los propios venecianos, que pronto se posicionaron como un relevante actor comercial. Su apoyo a Bizancio frente a enemigos árabes y normandos en los siglos X y XI permitieron a Venecia acumular privilegios en forma de exención de impuestos, apertura de rutas comerciales en el Levante y concesión de un barrio en Constantinopla. De esta manera, Venecia se fue posicionando como un relevante actor comercial, lo que le llevaría a aumentar también su poder e influencia en el Mediterráneo en detrimento de un Imperio Bizantino cada vez más asediado por sus enemigos externos. Tanta fue esta influencia que en 1204 se vio en posición de capitanear la Cuarta Cruzada que en 1204 puso a Constantinopla bajo el dominio latino durante varias décadas. 


Anverso de grosso veneciano de finales del siglo XIV.
Pesa 1,82 grs. y mide 22 mm. 
Este hecho consagró a Venecia como potencia mediterránea y referente mundial del comercio, especialmente de la seda, grano y especias. Constituida como república aristocrática, se caracterizaba por una división de poderes bastante poco común en la época, que dotaba al Gran Consejo de las mayores atribuciones. Este parlamento de unos 2000 miembros estaba dominado por las principales oligarquías mercantiles y aristocráticas de Venecia, y era su responsabilidad la elección del Dux o Dogo, el jefe del estado, cuyo cargo era vitalicio pero no hereditario. El Gran Consejo se encargaba también de la elección del Senado, de unos 300 miembros, órgano responsable de la política exterior de la república. En general y salvo algunas excepciones como la del Dux, el ejercicio de cargos públicos tenía una duración limitada, lo que evitaba abusos de poder y mantenía el equilibrio entre las diferentes familias. Su apogeo mercantil, militar y territorial se sitúa en las confusas fronteras que separan la Edad Media de la Edad Moderna durante los siglos XV y XVI, momento en que gracias a una impresionante flota llegó a dominar el nordeste de la península italiana, Istria, la costa dálmata y numerosas islas del mar Egeo y del Mediterráneo oriental, entre ellas nada menos que Creta y Chipre. 

Pero sin duda la mayor contribución veneciana a la historia del Medievo y el Renacimiento fue su poderío comercial. En muchos sentidos, se considera a Venecia como una verdadera antecesora de ciudades como Hong Kong o Singapur, lugares cuyos mayores recursos se basan en la posesión de un buen puerto y la creación de un clima social y normativo favorable al comercio internacional. Esto posibilitó no solo el dominio del comercio mediterráneo sino también el de las rutas mercantiles con China e India, de lo cual dan buena fe los viajes de Marco Polo y su larga estancia en la corte de Kublai Khan. Este poderío debía reflejarse en una moneda fuerte, especialmente en un momento en que el gran referente monetario bizantino daba claros signos de fatiga. 

Durante varios siglos el sistema monetario veneciano estuvo ligado, dentro del monometalismo de plata dominante en la mayor parte de Europa, a los patrones fijados por los carolingios desde el siglo VIII. No obstante, su moneda de plata había estado sujeta a continuas devaluaciones en forma de disminución de peso y pureza. Durante el periodo del Dux Enrico Dandolo (1192-1205) se introdujo el grosso o matapan, valorado en 24 de las antiguas piezas de plata, con una pureza de 98,5 % y un peso equivalente a 100 en un marco de plata (218 grs.) por lo que cada uno debía pesar alrededor de 2,18 grs. Su introducción revalorizó el prestigio de la moneda de plata, ya que enseguida fue extensamente aceptada e incluso imitada en otros países. 
Reverso del grosso, con imagen de Cristo entronizado

Pero Venecia daría un paso más en su política monetaria al adoptar el ducado de oro un siglo después. A mediados del siglo XIII otra potencia comercial italiana, Florencia, había introducido el florín de oro, acabando de facto con el monometalismo en Europa tras varios siglos en los que las únicas piezas de oro circulantes habían sido bizantinas o árabes. Los venecianos pondrían en marcha el ducado de oro en 1284 a imagen y semejanza del florín, con un peso de 3,54 grs. y una pureza de 0,997. Durante los dos siglos siguientes el ducado fue progresivamente sustituyendo al florín como pieza de oro de referencia, ya que las autoridades venecianas procuraron no caer en tentaciones devaluadoras.  Con una estricta equivalencia de 24 grossi, se convirtió en unidad de cuenta de referencia y un valor seguro en momentos de zozobra económica o financiera.

El grosso de las imágenes fue emitido durante el mandato el Dux Antonio Vernier, entre 1382 y 1400. De estilo claramente bizantino, muestra en el anverso al Dux de perfil arrodillado ante San Marcos, patrón de Venecia, escena rodeada por la leyenda ANTO' VENERIO SM VENETI. El reverso, por su parte, refleja a Cristo entronizado rodeado de las iniciales IC XC, correspondiente al nombre de Jesús en griego. Fue acuñada pues en el momento de mayor esplendor de Venecia y su moneda, ya que la caída de Constantinopla a mediados del siglo XV marcó el inicio del lento declive de la Repubblica Serenissima frente a su nuevo y poderoso enemigo en el este: el Imperio Otomano. A partir del siglo XVI, el dominio de nuevas rutas comerciales con Asia por parte de portugueses y holandeses y la apertura de nuevas rutas en el Atlántico, lejos de su influencia, acentuaron este declive. No obstante, su dominio en las habilidades diplomáticas y negociadoras posibilitó a los venecianos mantener su independencia y prestigio hasta bien entrado el siglo XVIII, momento en que pasaron a formar parte de la órbita austriaca por obra y gracia de Napoleón. 

Colás Latorre, G. Pluralidad de formas políticas en Europa, en Historia Moderna Universal, de Alfredo Floristán (coord,) Editorial Ariel S.A. 2002 (Barcelona)

Early World Coins & Early Weight Standards, by Robert Tye, published by Early World Coins, York 2009

El Cercano Oriente Medieval - De los Bárbaros a los Otomanos, Michel Kaplan, Bernadette Martin y Alain Ducellier, Iniciación a la Historia Akal, 1988


Encyclopedia of Money, by Larry Allen, ABC-Clio Inc. Santa Barbara, California 1999


http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/venecia_8680

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